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miércoles, 1 de abril de 2026

Ser técnico/a en desarrollo comunitario intercultural hoy: trabajar con la complejidad del territorio

 

Hay una pregunta que aparece con frecuencia cuando alguien escucha esta profesión por primera vez:

¿Qué hace exactamente un/a técnico/a en desarrollo comunitario intercultural?

No es fácil responder en una frase. En parte porque una parte importante de este trabajo no siempre se ve.

No siempre está en una actividad, en un taller o en una foto de proyecto. Muchas veces está en procesos más invisibles: en conversaciones largas con vecinos, en reuniones entre entidades que empiezan a colaborar después de años sin hablarse, en conflictos que se transforman antes de escalar, o en espacios donde distintas personas empiezan a reconocerse como parte de una misma comunidad.

En ese sentido, el desarrollo comunitario intercultural se sitúa en un lugar muy concreto de la intervención social: el territorio.

Trabajar con la comunidad, no para la comunidad

Una de las ideas clave del enfoque comunitario es que los procesos sociales sostenibles no se construyen desde fuera, sino desde dentro de las propias comunidades.

Esto implica un cambio importante respecto a enfoques más asistenciales o verticales. El trabajo comunitario no consiste únicamente en ofrecer recursos o servicios, sino en activar procesos colectivos de participación, diálogo y corresponsabilidad.

Como señalan diversos estudios sobre participación comunitaria e interculturalidad, estos procesos permiten fortalecer la convivencia, generar sentido de pertenencia y mejorar la cohesión social en contextos culturalmente diversos.

Desde esta perspectiva, el papel del técnico o técnica no es dirigir ni sustituir a la comunidad, sino facilitar condiciones para que la comunidad pueda organizarse, dialogar y tomar decisiones colectivas.

A veces eso significa dinamizar espacios de participación.
Otras veces significa mediar en conflictos.
Y muchas veces significa simplemente escuchar antes de intervenir.

La interculturalidad como práctica cotidiana

Hablar de desarrollo comunitario intercultural implica reconocer algo evidente en muchas ciudades y barrios actuales: la diversidad forma parte de la vida cotidiana.

Pero la interculturalidad no se limita a gestionar esa diversidad. Más bien propone construir espacios de relación donde las personas interactúan, cooperan y generan proyectos compartidos más allá de sus diferencias culturales.

Investigaciones recientes en pedagogía social subrayan que la participación comunitaria en contextos interculturales contribuye a promover valores democráticos, mejorar la convivencia y fortalecer los vínculos entre instituciones y ciudadanía.

En otras palabras: la interculturalidad no es un discurso abstracto. Es algo que se construye en las relaciones diarias entre vecinos, asociaciones, escuelas, servicios públicos y administraciones.

El valor del trabajo invisible

Una de las particularidades del desarrollo comunitario es que sus resultados no siempre son inmediatos ni fácilmente medibles.

Muchos de sus efectos aparecen a medio o largo plazo:

  • cuando aumenta la participación vecinal
  • cuando distintas entidades empiezan a colaborar
  • cuando se crean espacios de diálogo donde antes había conflicto
  • cuando una comunidad empieza a reconocerse como tal

Los procesos comunitarios buscan precisamente eso: construir comunidades más cohesionadas, inclusivas y capaces de afrontar colectivamente sus desafíos.

Por eso el trabajo comunitario suele avanzar a otro ritmo: el de las relaciones humanas, la confianza y la construcción de redes.

En tiempos de polarización

En el contexto actual, marcado por discursos simplificadores sobre la diversidad y la convivencia, el desarrollo comunitario intercultural adquiere una relevancia especial.

Porque recuerda algo fundamental:

  • la diversidad no es el problema
  • el problema son las desigualdades, la segregación y la falta de espacios de encuentro

Frente a eso, el trabajo comunitario propone crear estructuras de participación, diálogo y cooperación que permitan a las comunidades afrontar colectivamente sus retos.

Puede que muchas veces ese trabajo no se vea.

Pero cuando un barrio habla más entre sí, participa más en las decisiones y construye soluciones colectivas…

entonces sabemos que algo importante está pasando.

Y aunque no siempre aparezca en los indicadores o en las fotografías de proyecto, eso también es transformación social.


lunes, 26 de febrero de 2024

SOLA - Antolín Pulido

 



SOLA

No mires mi moratón,

eso, eso apenas es nada.

Esa bofetada que me deja sorda.

Eso, eso apenas es nada

El zumbido de después del tortazo escuchando sus insultos.

 Eso, eso apenas es algo.

 

Los rituales de desprecios diarios y el sentido de culpa del maltrato.

Eso, eso es mucho.

El miedo que paso cuando oigo sus llaves abriendo la puerta.

Eso, eso es mucho.

El horror de sentirme examinada en todo.

Eso, eso es mucho.

Mis nervios cuando llegan las visitas.

Eso, eso es mucho.

 

Y le digo:

¡No, no grites, que vas a despertar a los niños!

¡Por favor cariño no me pegues, por favor!

¡Perdóname por lo que sea, pero perdóname!

Silencios que gritan, pero no digo nada,

Sólo quiero desaparecer y no despertar.

Y me grita:

¡No vales nada!

¡No sirves para nada!

¡Que te calles! ¡Que estoy hablando yo!

¡Es por tu culpa!

¡Puta!

Sus puñetazos, ya apenas me duelen

Sus gritos, ya apenas los oigo,

Sus patadas, ya apenas me hieren.

Pero sus ojos de odio me siguen dando miedo.

Pero sus silencios, me siguen dando pánico.

Pero su olor me sigue dando terror.

Pero sus caricias me siguen dando espanto.

 

Vómito de miedo y horror.

Cada vez me odio más.

Cada vez soy más pequeña

Cada vez me siento más nada,

más nadie.

No tengo ánimos ni para morir.

 

Antolín Pulido

Febrero de 2024

viernes, 1 de septiembre de 2023

#SeAcabó

 

En agosto de 2023, se celebró un hito trascendental con la victoria de la Selección femenina de fútbol de España en la Copa Mundial Femenina de Fútbol de 2023, un logro que representa el avance de las mujeres en un espacio históricamente dominado por el género masculino. Sin embargo, durante la ceremonia de entrega de medallas, un gesto que debiera ser de apoyo y afecto a una gesta de carácter histórico, se convirtió en un ejemplo heteropatriarcal de la objetivación y la falta de respeto a los límites personales. La acción de besar en los labios a la centrocampista Jennifer Hermoso, mientras la sujetaba por la cabeza, por parte del presidente de la Real Federación Española de Fútbol​ es un claro ejemplo de cómo las mujeres a menudo se ven sometidas a la cosificación y a la invasión de su espacio personal, incluso en momentos de celebración, por parte del heteropatriarcado. Gesto que, la jugadora afectada, Jennifer Hermoso, señalo con desagrado y expresó su descontento con el incidente. La decisión de delegar la gestión del incidente a FUTPRO y a su agencia de representación subraya la necesidad de contar con sistemas de apoyo que respalden a las mujeres en su lucha por la justicia y la equidad.

Además, el contexto de la tribuna de autoridades revela otra manifestación de la cultura sexista que persiste en el ámbito deportivo. El presidente de la RFEF rompió el protocolo al festejar de manera inapropiada el triunfo de la selección, mostrando una conducta irrespetuosa y denigrante al tocarse los genitales. Este comportamiento resalta la urgente necesidad de educar sobre la importancia del respeto y la igualdad de género en todos los niveles de la sociedad, incluyendo a las figuras de autoridad y a los líderes deportivos. La presencia de la reina Letizia y la infanta Sofía en la tribuna también pone de manifiesto la importancia de que las figuras femeninas en posiciones de poder se conviertan en aliadas en la lucha por eliminar las conductas sexistas y patriarcales en todos los aspectos de la vida pública.

Estos incidentes enmarcan la victoria deportiva en un contexto más amplio de desafío a las normas de género y de lucha por la igualdad. Son recordatorios de que el camino hacia la equidad de género en el deporte y en la sociedad en general es un proceso constante que requiere la participación activa de todos y todas para crear un ambiente en el que las mujeres sean respetadas, valoradas y libres de la cosificación y la discriminación.

Las actitudes de Luis Rubiales, presidente de la RFEF, desencadenaron una oleada de críticas que reflejan la creciente conciencia sobre la necesidad de un cambio profundo en la cultura deportiva, la erradicación del heteropatriarcado y el señalamiento directo y condena a las practicas propias de la masculinidad tradicional hegemónica. Las peticiones de dimisión por parte de altos cargos del Gobierno, líderes de la oposición y el movimiento feminista señalan la frustración generalizada ante la persistencia de conductas sexistas y discriminatorias en el ámbito deportivo. Estas demandas de renuncia subrayan la responsabilidad de quienes ostentan posiciones de poder en crear un ambiente inclusivo y respetuoso, y dan voz a la necesidad de poner fin a la impunidad ante acciones que perpetúan desigualdades de género a través del patriarcado.

El comunicado oficial emitido por la AFE revela la firmeza de las voces que exigen rendición de cuentas. La amenaza de aplicar la Ley del Deporte a Rubiales expone una postura que busca erradicar la tolerancia a comportamientos inapropiados y nocivos. Este llamado a la acción es un reflejo del empoderamiento de las organizaciones feministas y grupos comprometidos con la igualdad de género en el ámbito deportivo, al exigir que las figuras de autoridad rindan cuentas por sus acciones y contribuyan a un cambio de paradigma.

La intervención de la FIFA al abrir un expediente disciplinario evidencia la necesidad de un enfoque global para abordar estas cuestiones. Esta medida reconoce que las actitudes sexistas no pueden quedar impunes a nivel internacional y pone en relieve la importancia de una cultura deportiva más equitativa y respetuosa en todo el mundo.

La suspensión provisional de Rubiales por parte de la Comisión Disciplinaria de la FIFA es un paso en la dirección correcta. Esta acción envía un mensaje claro de que las conductas irrespetuosas y discriminatorias no serán toleradas, incluso a nivel de liderazgo. La prohibición de contactar a Jennifer Hermoso refuerza la necesidad de establecer límites y proteger a las personas afectadas por acciones inapropiadas. En conjunto, estas reacciones demuestran la vitalidad del movimiento feminista en el ámbito deportivo y la determinación por transformar una cultura arraigada en desigualdades. A medida que las voces se unen para denunciar y abordar estos problemas, se crea un camino hacia un entorno deportivo más inclusivo y respetuoso para todas las personas, independientemente de su género.

 

 

Israel López Marín

Septiembre de 2023


sábado, 26 de agosto de 2023

CREENCIAS, CUERPOS Y REPRESENTACIONES DE LAS MASCULINIDADES

“El resultado fue que, a partir de los años 70 del siglo XX, pero, sobre todo, a partir de los 90, se diera una valorización sin precedentes, en lo que se ha venido a denominar culto al cuerpo.”.

Martínez Guirao. “Construyendo los cuerpos ‘perfectos’”

 


Introducción.

Ente otras tantas lecciones que nos puede enseñar el deporte, y en concreto, estas recientes olimpiadas celebradas en la ciudad de Tokio, Japón, podemos destacar aquellas derivadas del manido mensaje del fair play, o “juego limpio”, deportividad… sin embargo, ningún espacio se encuentra exento del modelo de masculinidad tradicional hegemónica, capaz, como el propio capitalismo de mutar para adaptarse en cada contexto, como de permear cualquier evento. Esta proyección de una masculinidad triunfadora, portadora de una vigorizada fuerza física y de gestos rudos y agresivos ha sido el gran escaparate de un evento deportivo de gran calado internacional    En la actualidad, la visión de imágenes publicitarias, tal y como expone Martínez Guirao,[1] supone el desarrollo de modelos masculinos definidos que, sin duda, influye en la percepción corporal de los adolescentes varones y cómo estos encuentran en Internet un refuerzo de este ideal de belleza, la idea del cuerpo como realidad simbólica en el cual la sociedad y la cultura se manifiestan, y de la alimentación como hecho social total. Gestos como el del tenista de origen serbio Novak Djokovic, y sus salidas “fuera de tono”, responden, sin duda, a este modelo de idea de cuerpo, atlético, definido… a la par que, desafiante, rudo, individualista y competitivo. Modelo que destaca frente a la opción de Simone Biles, deportista de elite que decidió tomarse un tiempo de descanso para poner los cuidados en el centro de su vida.

La representación visual de la masculinidad.

Es necesario entender todo el fenómeno existente en torno al “culto al cuerpo” como un fenómeno de gran impronta en las sociedades occidentales actuales. Solo es necesario poner la televisión, o pasearse por el entorno urbano de cualquier ciudad para poder observar la cantidad de mensajes capaces de relacionar ámbitos como la belleza, la juventud, la delgadez y la forma física, con el éxito. Como en un viejo patrón de belleza heredado del mundo clásico, nos venden a modo de producto de consumo un modelo multidimensional donde convergen factores como la salud, la estética o el placer.

Es cierto que, es necesario modificar hábitos y costumbres para alcanzar una mayor salud, mayor longevidad y conseguir un envejecimiento más activo, una vez superada la vieja censura en la búsqueda de placer corporal. Sin embargo, las formas corporales han seguido la tendencia de ser exhibidas a modo de proyección de un nuevo modelo estético, que, de manera inequívoca, responde a un modelo tradicional hegemónico.

Los dos elementos claves por los que se instituye y actúa son: el lenguaje y representaciones culturales. Un ejemplo es la presión estética como forma de esta forma de violencia sexista. El cuerpo y sobre todo su culto, ha condicionado la estética a lo largo de la historia y en las diferentes culturas. No es nuevo que hoy en día en nuestra sociedad se le siga dando más importancia al cuerpo de la mujer que al del hombre. Mientras que al hombre se le relaciona con la fuerza, el vigor y el poder, a la mujer se le asocia con la belleza, el atractivo sexual y la sensibilidad. En las diversas etapas de la historia y en las diferentes culturas se han ido imponiendo y distintos cánones de belleza, y muchos hombres y mujeres se han visto obligados a seguirlos y cumplirlos, es decir lo que hoy consideramos bello y deseamos alcanzar a toda costa, difiere de lo que se consideraba bello antes, incluso no es igual en los diferentes lugares del mundo. Lo que sí tienen en común es que, en la mayoría de los casos, adaptarse a los distintos patrones de belleza ha supuesto y supone un riesgo para la salud tanto física como emocional. Por otro lado, la gran influencia que tienen sobre nosotros y nosotras los medios de comunicación y la revalorización de modelos corporales que como consecuencia pueden generar el desprecio por todo aquello que no se ajusta a los mismos, nos ha llevado a asimilar erróneamente estos cánones con el éxito tanto emocional como profesional y social. La televisión y los medios de comunicación, tienen el poder de crear valores sociales y ejercer influencia en las personas porque ofrecen definiciones, presentan modelos, promueven estereotipos y pueden ser un exponente de cambios (violencia simbólica).

El modelo de masculinidad hegemónica tradicional, se encuentra representado por un hombre blanco y heterosexual. Un modelo que actúa como el pilar ideológico de la sociedad occidental. Una sociedad que se vertebra desde el modelo económico capitalista hacia el machismo como eje de este sistema hegemónico. Este modelo, sin duda, desarrolla claras desigualdades de carácter estructural y jerárquico que relegan y discriminan a las personas en función de su género, la raza, la clase social, la sexualidad, la edad, la nacionalidad, etc., entendiendo la diversidad entre las personas como una tara, o un obstáculo para mantener el statu quo, en vez de comprenderlo desde una perspectiva intercultural capaz de aportar una dimensión basada en el establecimiento de relaciones basadas en la igualdad. Un modelo que genera desigualdad y que , por tanto, es responsable de la perpetuidad del sexismo, del racismo, la homofobia, etc., en nuestras sociedades.

Desde los estudios de las masculinidades se ha discutido que, a través de las representaciones masculinas de la televisión, el cine y los deportes, se refuerzan varias creencias respecto a los hombres tales como que son invulnerables, violentos, tienen una sexualidad descontrolada, y ante todo deben realizar actos heroicos (Kimmel, 2011[2]).

A finales del siglo XX, surge en el contexto de los estudios de género, y a través de la teoría feminista, los llamados estudios de las masculinidades con perspectiva de género. Estudios cuyo fin consistía en poder profundizar en la masculinidad, no como un concepto estático y único, sino como un constructo de carácter cultural, dinámico y diverso. Un constructo que, por tanto, es permeable a la socio-histórico culturales del contexto donde se desarrolla y, por ende, susceptible de ser deconstruido.

Es cierto que, el desarrollo de los estudios de género ha sido abordado más desde el punto de vista de la feminidad que de la masculinidad, debido en gran parte al compromiso de las compañeras feministas por el desarrollo de un campo de conocimiento propio, surgiendo una diferencia entre ambos campos de estudio en cuanto a progreso.  Través de ellos, podemos entender como el género son configuraciones de prácticas y hábitos que son construidos y transformados a través del paso del tiempo.  A diferencia del sexo, que tiene que ver con el desarrollo biológico del propio cuerpo, la masculinidad y la feminidad surgen del condicionamiento cultural del comportamiento.

Aunque existen diferentes formas de ejercer la masculinidad, la mayoría de los hombres se apropian de los ideales de la masculinidad hegemónica (Connell, 2005[3]), que básicamente consisten en una oposición a cualquier alternativa que es identificada inmediatamente como no masculina; así, los comportamientos de riesgo, la fuerza física, el estoicismo, la dureza emocional, y el papel de proveedor económico son parte del discurso dominante de la masculinidad.

El modelo que impone la masculinidad hegemónica tradicional se encuentra en una posición jerárquica de poder, no solo sobre las mujeres, sino sobre cualquier modelo de masculinidad que no encaje en ese perfil dictaminado por este modelo toxico, un sistema ideológico que sirve de burda justificación para la dominación de los hombres. Un sistema en el que aquellos hombres que actúan como cómplices disfrutan de los beneficios materiales, físicos y simbólicos de la subordinación de la mujer y de otras formas genéricas alternativas, de otras clases sociales, religiones y etnias. Un sistema ideológico, en el que la masculinidad tradicional hegemónica, a través de su representación simbólica, diseña el modo en el que las personas entenderán y experimentarán el mundo sin importar su sexo.

En este sistema de creencias, tal y como expone Martinez Guirao[4], el cuerpo masculino se vuelve el centro de atención: cómo, cuándo, dónde y qué se come, las actividades motrices que se realizan, y el tiempo libre o de ocio, se ven enormemente condicionados, si no determinados, por el cuerpo o los efectos deseables o indeseados que pueden producir sobre él. La ingesta de algunos alimentos se considera tabú porque los discursos médicos hegemónicos los califican como nocivos para la salud o porque van en contra de los cánones morfológicos ideales.

La persecución de este modelo de cuerpo físico masculino, basado en la hipertrofia muscular se encuentra sometido a una particular cosmovisión donde el gimnasio los rituales de alimentación, de entrenamiento, de higiene, de estética que giran en torno al objetivo de alcanzar un cuerpo caracterizado por la gran masa muscular. Por ello, el cuerpo se convierte en un mero objeto e instrumento donde la salud, la estética y el ocio, coexisten con relativa tensión anteponiéndose en función del contexto unos por delante de otros.

A través del artículo de Octavio Salazar[5], entender los modelos de masculinidad actuales, es entender un modelo que más bien responde a una larga tradición de hipermasculinidad que a lo largo del tiempo se ha encarnado en diferentes formas. Ese hombre que se expresa a través de una determinada estética e indumentaria, reproducida a su vez por personajes tan mediáticos como jugadores de fútbol o cantantes de moda, y que va más allá de la figura del metrosexual de hace unas décadas.

Sin lugar a dudas, este modelo de masculinidad que, pretender infundir una nueva imagen de cambio y progreso sobre el modelo imperante, solamente actúa como una mera demanda del mercado, como un producto de consumo más, en una marcada sociedad de consumo que se alimenta de los deseos individuales y de un determinado canon de belleza. Por ello, una clara evidencia de cómo el capitalismo y el patriarcado se reinventan de manera constante y de cómo el machismo absorbe a todos y a todas, marcando nuestras opciones, prioridades y deseos.

Este modelo de cuerpo de hombre que desde los medios de comunicación de masas nos intenta convencer a través de recursos publicitarios es interiorizado y deseado por los hombres, de manera consciente o inconsciente. De modo que, cuanto más se distancie este ideal de su condición física, más insatisfecho se sentirá. Pensando, de manera ingenua, que acercándose a este nuevo ideal de belleza será más sencillo poder alcanzar el éxito a cualquier nivel.  Situación que determina, de forma clara, el origen y desarrollo de la vigorexia masculina, inducida en gran medida por el uso estereotipado de la imagen del hombre para captar la atención de determinadas audiencias.

Bourdieu (2000[6]) señala, que la construcción social del cuerpo sostiene una correspondencia entre lo “físico” y lo “moral”, ya que ciertas maneras de mover el cuerpo, el porte, el cuidado, expresan la naturaleza de las personas.

A través de los usos y las representaciones corporales que a través de la masculinidad tradicional hegemónica son aprendidos y aprehendidos a través del traspaso de las técnicas corporales de generación en generación. Entender el cuerpo de los hombres como salvaje, en estado de pureza, oculta la estructuración social significativa que los actores hacen sobre su cuerpo; desfigura la estrategia, entendida según los parámetros de Bourdieu (1988), de posicionamiento social realizada a través de una definida y elaborada creación de una manera de estar en el mundo. Bourdieu dice “Los habitus son principios generadores de prácticas distintas y distintivas, pero también son esquemas clasificatorios, principios de clasificación (1997)[7].” La estrategia es hacer de su habitus una señal de distinción.

Tal y como afirma Connell[8], no se puede entender cómo funciona la masculinidad sin atender a su dimensión relacional, es decir, la masculinidad solo existe como oposición a la feminidad, clasificando e identificando a hombres y mujeres a los que prescriben características que son a su vez manifestadas en sus cuerpos. Es por ello necesario tener claro que, no existe un único modelo de masculinidad, sino que, además, es frecuente la coexistencia de diferentes modelos de masculinidad, o masculinidades.

Tal y como expone Martínez Guirao[9], el culto al cuerpo en la masculinidad mayoritaria, o hegemónica, se centra en la estética principalmente, y deja la salud en un segundo plano., y solo a partir de cierta edad, y cuando el cuerpo ha sufrido los efectos propios del desgaste físico del paso del tiempo y cuando las lesiones se hacen más frecuentes, el rendimiento físico disminuye y aparecen los problemas de la edad, es cuando aparece cierto temor y preocupación en los hombres que comienzan a temer por su integridad física o por su propia vida, y a asimilar que no pueden someter al cuerpo a los excesos a los que los estaba exponiendo.

Sin dudas, el deporte de masas es probablemente, la actividad con mayor impacto mediático capaz de legitimar el modelo de masculinidad tradicional hegemónica. Aspectos como la fuerza, la habilidad y la condición física, son cualidades del sistema patriarcal, privilegiando y jerarquizando las relaciones de socialización en los diferentes espacios. En la escuela aparecen espacios, como el recreo o los vestuarios, en los que se regula la corporeidad de los chicos bajo la vigilancia y el control normativo en las relaciones de proximidad; cualquier forma de masculinidad que se sitúe fuera de los límites normativos hegemónicos y heterosexuales, es colocada en lugares de subordinación y humillación.

A modo de conclusión.

En la actualidad, la preocupación por el aspecto físico y la imagen, ya no es algo ni centralizado en la mujer ni latente en el mundo del hombre. Los hombres se cuidan y no lo ocultan. La Revolución Industrial supuso un cambio en la concepción de la sociedad y del rol del hombre en la misma; y el siglo XX le abrió las puertas como sujeto activo dentro del mundo de la moda, la estética y la belleza física; un terreno anteriormente dedicado y vinculado casi con exclusividad al sexo femenino.

Este cambio está sujeto de manera directa con el auge en la década de los 90 del pasado Siglo XX por una valorización del culto al cuerpo sin precedentes. Un culto al cuerpo orientado al desarrollo de una tonificación física, en los hombres, caracterizado por la hipertrofia muscular, conseguido, en muchas ocasiones, a través de métodos opuestos al ideal de salud.

El cambio de rol social, que se ha producido sobre la figura masculina en referencia al denominado “culto al cuerpo” en los últimos tiempos, ha imbuido al hombre en el campo de la estética y la belleza física de tal forma que éste ha sido incapaz de escapar a su influencia, algo que, sin duda, el sistema patriarcal, y con ello la masculinidad tradicional hegemónica ha sabido apropiar como un ámbito de desarrollo de los contravalores de una masculinidad tradicional basada en la fuerza física, en el uso de la violencia, el poder y una sexualidad depredadora.

Desde la perspectiva de las masculinidades igualitarias, es nuestro deber caminar hacia la construcción de una sociedad, con un sistema de valores basados en la empatía, en un profundo autoconcepto. Un sistema de valores que entienda la diversidad, cualquier tipo de diversidad como un espacio para compartir y para crecer de manera compartida. Frente al modelo patriarcal de culto al cuerpo, como una esfera de poder donde reivindicar la fuerza física, desde las masculinidades igualitarias, debemos reivindicar el valor de la diversidad en los cuerpos, con el fin de poder liberarnos de los cánones de belleza que rige el sistema patriarcal.

 

Tomás Israel López Marín

              Agosto de 2023 

                     

Bibliografía.

-Bourdieu, P. (1997). Razones prácticas. Anagrama, Barcelona.

- Bourdieu, P. (2000). La dominación masculina. Anagrama, Barcelona.

-Connell, R. W. (2003). Masculinidades. Ciudad de México; UNAM.

-Connell, R. W. (2005). Masculinities (2nd Ed.). Berkeley, CA: University of California Press.

- Kimmel, M. (2011). The gendered society (4th Ed.). New York: Oxford University Press.

- Martínez Guirao, J. E. (2014) “Construyendo los cuerpos “perfectos”. Implicaciones culturales del culto al cuerpo y la alimentación en la vigorexia”. Universitas, nº 21, pp. 77-99.

- Martínez Guirao, J. E. (2019) “Cuerpos en riesgo. Implicaciones y consecuencias de la masculinidad en las corporeidades”. En Martínez Guirao, J.E.; Téllez Infantes, A.; y Sanfélix Albelda, J. (Eds.) Deconstruyendo la masculinidad. Cultura, género e identidad. Valencia: Tirant Lo Blanch, pp. 85-109.

Material complementario.

 -ADIÓS AL TRONISTA? http://lashoras-octavio.blogspot.com/2021/05/adios-al-tronista.html?m=1



[1] Martínez Guirao, J. E. (2014) “Construyendo los cuerpos “perfectos”. Implicaciones culturales del culto al cuerpo y la alimentación en la vigorexia”. Universitas, nº 21, pp. 77-99.

[2] Kimmel, M. (2011). The gendered society (4th Ed.). New York: Oxford University Press.

[3] Connell, R. W. (2005). Masculinities (2nd Ed.). Berkeley, CA: University of California Press

[4] Martínez Guirao, J. E. (2014) “Construyendo los cuerpos “perfectos”. Implicaciones culturales del culto al cuerpo y la alimentación en la vigorexia”. Universitas, nº 21, pp. 77-99.

[5] ¿ADIÓS AL TRONISTA? http://lashoras-octavio.blogspot.com/2021/05/adios-al-tronista.html?m=1

[6] Bourdieu, P. (2000). La dominación masculina. Anagrama, Barcelona.

[7] Bourdieu, P. (1997). Razones prácticas. Anagrama, Barcelona.

[8] Connell, R. (2003). Masculinidades. Ciudad de México; UNAM.

[9] Martínez Guirao, J. E. (2019) “Cuerpos en riesgo. Implicaciones y consecuencias de la masculinidad en las corporeidades”. En Martínez Guirao, J.E.; Téllez Infantes, A.; y Sanfélix Albelda, J. (Eds.) Deconstruyendo la masculinidad. Cultura, género e identidad. Valencia: Tirant Lo Blanch, pp. 85-109.


lunes, 3 de abril de 2023

Se alquila vientre

 

El vientre de alquiler o la gestación subrogada​ es la práctica por la que, con un previo acuerdo con otra persona o pareja, una mujer queda embarazada con un óvulo ajeno al suyo y da a luz a un bebé para esa otra persona o pareja, las cuales se convierten en padres del bebé. El óvulo utilizado para la gestación suele proceder de la madre intencional o de una donante de óvulos.

Desde su comienzo como práctica comercial en los años 1970, la gestación subrogada suscita fuertes controversias éticas, legales y sociales. Las distintas posiciones respecto a la subrogación se diferencian principalmente entre aquellas que la consideran como el ejercicio de la libertad individual y alternativa gubernamental contra la baja natalidad y las que la consideran una forma de explotación y denigrante hacia la mujer.

Esta práctica solo está permitida en un número muy reducido de países y en algunos, solo en algunos estados o provincias y no en todo el país. La situación legal de esta práctica es diferenciada y va desde la prohibición expresa hasta la reglamentación detallada, pasando por la ausencia de legislación que la mencione de manera directa en algunos países.

Son numerosas las muestras de preocupación ante los variados pronunciamientos a favor de la regulación de la maternidad subrogada, o la práctica de alquilar vientres de mujeres en favor de terceros. Para que los partidos políticos y los gobiernos, nacional y autonómicos, estén alerta y no se dejen engañar por campañas mediáticas, a todas luces parciales, debemos tener presente que el deseo de paternidad/maternidad nunca puede sustituir o violar los derechos que asisten a las mujeres y los y las menores. El deseo de ser padres-madres y el ejercicio de la libertad no implica ningún derecho a tener hijos.

Se debe garantizar el derecho a decidir de las mujeres en materia de derechos sexuales y reproductivos. La maternidad por sustitución niega a las mujeres gestantes el derecho a decidir durante el proceso de embarazo y en la posterior toma de decisiones relativas a la crianza, cuidado y educación del menor o la menor. La maternidad subrogada no sólo impide a las mujeres la capacidad de elección, sino que además contempla medidas punitivas si se alteran las condiciones del contrato.

La llamada “maternidad subrogada” se inscribe en el tipo de prácticas que implican el control sexual de las mujeres: si en las sociedades tradicionales, los matrimonios concertados o la compra por dote, son las típicas formas en que se ejerce el control sexual de las mujeres, en las sociedades modernas, la prohibición del aborto, la regulación de la prostitución y la maternidad subrogada son sus más contundentes expresiones. Además, alquilar el vientre de una mujer no se puede catalogar como “técnica de reproducción humana asistida”. Las mujeres no son máquinas reproductoras que fabrican hijos en interés de los criadores. Es, por el contrario, un evidente ejemplo de “violencia obstétrica” extrema.

Debemos entender que el “altruismo y generosidad” de unas pocas, no evita la mercantilización, el tráfico y las granjas de mujeres comprándose embarazos a la carta. La recurrencia argumentativa al “altruismo y generosidad” de las mujeres gestantes, para validar la regularización de los vientres de alquiler, refuerza la arraigada definición de las mujeres, propia de las creencias religiosas, como “seres para otros” cuyo horizonte vital es el “servicio”, dándose a los otros. Lo cierto es que la supuesta “generosidad”, “altruismo” y “consentimiento” de unas pocas solo sirve de parapeto argumentativo para esconder el tráfico de úteros y la compra de bebés estandarizados según precio. Ningún tipo de regulación puede garantizar que no habrá dinero o sobornos implicados en el proceso. Ninguna legalización puede controlar la presión ejercida sobre la mujer gestante y la distinta relación de poder entre compradores y mujeres alquiladas.

No debemos aceptar la lógica neoliberal que quiere introducir en el mercado “los vientres de alquiler”, ya que se sirve de la desigualdad estructural de las mujeres para convertir esta práctica en nicho de negocio que expone a las mujeres al tráfico reproductivo. Las mujeres no se pueden alquilar o comprar de manera total o parcial. La llamada “maternidad subrogada” tampoco se puede inscribir, como algunos pretenden, en el marco de una “economía y consumo colaborativo”: la pretendida “relación colaborativa” sólo esconde “consumo patriarcal” por el cual las mujeres se pueden alquilar o comprar de manera total o parcial.

Debemos mostrarnos radicalmente en contra de la utilización de eufemismos para dulcificar o idealizar un negocio de compra-venta de bebés mediante alquiler temporal del vientre de una mujer, viva ésta en la dorada California o hacinada en un barrio de la India. Así es que nos afirmamos en llamar a las cosas por su nombre, no se puede ni se debe describir como “gestación subrogada” un hecho social que cosifica el cuerpo de las mujeres y mercantiliza el deseo de ser padres-madres. Desde la perspectiva de los Derechos Humanos supone rechazar la idea de que las mujeres sean usadas como contenedoras y sus capacidades reproductivas sean compradas. El derecho a la integridad del cuerpo no puede quedar sujeto a ningún tipo de contrato.

Así pues, debemos declararnos en contra de cualquier tipo de regulación en torno a la utilización de mujeres como “vientres de alquiler”.


miércoles, 7 de diciembre de 2022

TRABAJO, CONCILIACION, PATERNIDAD

 



“En la mayoría de casos, el marido, fiel a su rol tradicional machista no aprovechará esta nueva etapa de más tiempo disponible para incorporarse a colaborar con su mujer en las tareas del hogar y así permitir que ella tenga también "más tiempo libre" y descanso”.

 

 

Introducción.

Como sabemos, actualmente nos encontramos enfrentados a toda una serie de transformaciones en el ámbito familiar y, por ende, en la paternidad. Desde esta óptica, la presencia o ausencia de los padres en la crianza de sus hijos y de sus hijas, deja de ser un problema estrictamente individual para interpretarlo como un problema de carácter estructural. Un problema construido en términos relacionales, que, sin duda, es capaz de poner en cuestión los significados de la relación de pareja, la trayectoria y prácticas de paternidad de los hombres.

Entender que la presencia y ausencia paterna, no son procesos dicotómicos, sino cuestiones relacionales y socialmente construidos, nos permite entender las prácticas de la paternidad desde la experiencia de hombres de manera presente y afectiva, en clara contraposición con la ausencia por cumplimiento del trabajo y la proveeduría.

La identidad masculina focalizada en el trabajo para el cumplimiento de la proveeduría construye ausencias paternas. Los hombres que, históricamente han tenido que asumir formas de relación distintas a las tradicionales donde prevalecía la ausencia, distancia, autoritarismo y falta de compromiso, se encuentran en un momento crítico provocado por una sociedad que cada vez más, y de manera más explícita, cuestiona un nuevo modelo de paternidad más cercanas, involucradas y participativas en el ámbito familiar

Paternidades presentes Vs. Paternidades ausentes.

La relación de pareja juega un papel importante en la construcción de presencia o ausencias paternas en los varones. A través de los logros del movimiento feminista, actualmente vivimos una serie de transformaciones en el ámbito familiar a partir del ingreso de las mujeres a los ámbitos escolarizados, laborales, y el desarrollo de la autonomía en la toma de decisiones, de manera que la división sexual del trabajo y los roles de género se han venido modificando, tal y como afirma Salguero, M.A., Yoseff, J.J., Soriano, M., y Delabra, B.[1] Los diferentes modelos de paternidad van más allá de la condición biológica, forma parte del entramado sociocultural del orden de género, y desde la visión hegemónica de la masculinidad, los hombres que son padres deben ser responsables de la familia, de los hijos y de las hijas. Debemos considerar necesario acercarnos al proceso de construcción sociocultural de los hombres como padres no sólo de los que están presentes e involucrados, sino también de los que se han ausentado. Tal y como afirma Salazar[2], la igualdad entre hombres y mujeres no será plena mientras que no transformemos el orden patriarcal que sigue sustentando una clara diferencian jerárquica entre sexos. 

La presencia o ausencia como padres deja de ser un problema estrictamente individual para convertirse conceptualmente en un proceso de construcción sociocultural, dejar la visión dicotómica al ver presencia o ausencia, para dar cuenta de procesos relacionales, donde se cuestione en primera instancia la esencialización, naturalización y generalización que se ha hecho de los hombres y situarlos socioculturalmente como actores sociales en un mundo relacional con la pareja, los hijos/as, el trabajo, donde confluyen muchas veces tiempos y puntos de vista distintos respecto de las funciones que se esperan de cada integrante en los diferentes escenarios familiares y laborales.  

Tal y como expone Salguero, M.A., Yoseff, J.J., Soriano, M., y Delabra, B.[3] La presencia y/o ausencia de los hombres en la paternidad desde una perspectiva sociocultural de género no es un hecho individualizado, forma parte de los procesos de construcción familiar, de las prácticas culturales, situaciones y dinámica de las interacciones sociales, los intentos por conciliar la posibilidad de la presencia o ausencia del padre en el hogar.

La presencia o ausencia paterna como proceso sociocultural, nos lleva a plantear que no es algo individualizado que sucede en la mente o el interior de una persona, sino que es socialmente construido, por lo que sus significados pueden variar a través de los diferentes momentos en los que los hombres construyen su relación como padres, los cuales están mediados por la relación con la pareja o incluso con las familias de origen. Las emociones que viven y experimentan solo pueden comprenderse en el contexto sociocultural histórico en el que se construyen, donde el lenguaje y los rituales de cuidado en la relación entre el padre y los hijos/as están presentes en las formas de relación, las normas y reglas socioculturales.

Tal y como expone Salguero[4], debemos reflexionar críticamente sobre los hombres es complejo, porque conlleva la historia y formas de relación, lo cual éticamente forma parte del proceso a investigar, encontrando múltiples maneras de ser hombre y ser padre; desde las más tradicionales, caracterizadas por la distancia, autoridad y ejercicio de poder, hasta las más novedosas de hombres involucrados y participativos.

Sin lugar a dudas, los retos que nos plantea el movimiento feminista y estudios de género de los hombres implican visualizar desigualdades con la finalidad de desarrollar sociedades más inclusivas e igualitarias, para ello, se requiere la participación de los diversos actores sociales, incluyendo a hombres y a mujeres y las instituciones.

Tal y como expone Subirats[5], mientras que el género femenino ha ido evolucionando muy rápidamente en los lugares en que esta evolución no ha sido duramente reprimida, el género masculino está evolucionando de forma mucho más lenta, y existen unas mayores resistencias al cambio, que se hacen patentes de diversa manera en las distintas culturas y países, pero que, bajo formas variables, tienden a manifestarse en todo el mundo (Subirats Martori; 2002). Por tanto, no puede sorprendernos que sean las mujeres quienes han iniciado una renovación del género femenino.

La ruptura del equilibrio publico/privado plantea el que es uno de los grandes obstáculos para la igualdad del siglo XXI, la denominada conciliación entre la vida profesional y la personal/familiar (Salazar; 2018)[6]. Un concepto, el de la conciliación, que de manera mayoritaria se está entendiendo perversamente como una obligación de las mujeres, pero no de los hombres. Una realidad que exige, de manera innegable que las mujeres se conviertan en la práctica en personas explotadas que deben acumular una doble jornada laboral, en el mejor de los casos, sumando al trabajo fuera de casa, el trabajo doméstico.

El reto que debemos asumir, como hombres, es el de asumir que todo lo que se desarrolla en el ámbito privado, desde el cuidado de las hijas y los hijos al mantenimiento del hogar, debe ser una responsabilidad compartida. Por eso, deberíamos hablar más de “corresponsabilidad” que de conciliación. La corresponsabilidad implica asumir que todos estos trabajos, no les corresponden “naturalmente” a ellas, sino que también debe formar parte de nuestra agenda como hombres, y como padres.

Asumir el cuidado como parte indispensable de nuestra vida, es darnos la oportunidad de desarrollar una serie de capacidades, habilidades y emociones que se traducirían en nuestra manera de entender e interactuar tanto con el espacio público, como con el espacio privado. Todas estas herramientas, que desde el modelo heteropatriarcal se ha vinculado como “características femeninas”, pasarían a formar parte de nuestra manera de desenvolvernos también en el trabajo, en nuestras relaciones con nuestros iguales.

Se trataría, por tanto, de incorporar a nuestras vidas los principios y los valores que, desde el feminismo se ha identificado con la ética del cuidado. El cuidado como eje indiscutible de la vida pública y privada, nos aportaría, sin lugar a duda, en una mayor capacidad para poder ponernos en el lugar de otras personas, así como de un modo más constructivo en la resolución de los conflictos que de la convivencia se generan.

Ante la dualidad del padre ausente / padre presente, desde la perspectiva de los hombres igualitarios, debemos de entender cómo, para los hombres es un gran reto ser padres hoy, estar dispuestos a ser padres “no patriarcales”, cuya autoridad no sea mayor que la de la madre y que sea capaz de compartir labores domésticas, crianza y formación de la familia. Ser una persona con la seguridad suficiente para educar con afecto, proteger sin dominar y saber cuidar para, convertirse en un padre co-responsable.

Ser padre, es sumamente complejo, implica una responsabilidad centrada en el “deber ser y poder hacer” como los casos donde por cumplir con la proveeduría económica, dedican gran parte de su tiempo al trabajo, aunado a las distancias entre los centros laborales y los espacios de vivienda, no hay tiempo para estar con la familia.

Como afirma Salguero[7] un aspecto pendiente es la conciliación trabajo y familia, en el caso de los hombres que son padres, aún se encuentran muchas desigualdades para equiparar la ley en cuanto a la paternidad. Sin embargo, ciertos cambios culturales se hacen presentes en la práctica de algunos hombres en su papel de padres, modifican el rol y modelo tradicional a través de sus formas de participación en la relación con sus hijos/as y sus parejas, aunque con dificultades porque no cuentan con derechos laborales sobre los tiempos para interactuar y atender a su familia.

Tal y como expone Martínez Guirao, Javier Eloy y Anastasia Téllez Infantes[8] Esta crisis económica ha elevado los índices de paro hasta niveles que están teniendo repercusiones en las propias identidades y roles de género hegemónicos. A través de esta realidad, podemos constatar cómo la actual coyuntura de crisis y desempleo ha provocado cierto cambio en los roles masculinos y femeninos dentro del propio entorno familiar. Pues, en los casos en que es la mujer la que “sale a trabajar” y el hombre “se ha de quedar en casa”, se invierten, al menos en parte y modestamente aún, los tradicionales roles de género con relación al trabajo doméstico y el trabajo productivo.  

Es así como debemos apreciar nuevos modelos de masculinidad y feminidad, siendo más significativo el cambio por el que es el hombre el que asume parte de las tareas del hogar, al estar desempleado y no “poder pagar a una mujer para que haga las tareas de casa” mientras “su mujer” ha de “trabajar fuera todo el día”.

Estamos en el año 2021 y la idea tradicional de hombre ya no sirve. El modelo de masculinidad tradicional hegemonía, ya no sirve. Tal y como afirma Telléz[9], la denominada "cuarta ola feminista', que ve la luz definitivamente en las manifestaciones feministas del 8 de marzo de 2017 y 2018, es un reflejo de la necesidad de incorporar a los hombres ante el compromiso de la construcción de una sociedad igualitaria.  Es evidente la necesidad de deconstruir la masculinidad hegemónica para profundizar en las identidades masculinas alternativas, disidentes, nuevas que nos permitan detenernos en la que más nos conciernen: las masculinidades igualitarias. Por eso, las nuevas masculinidades buscan una alternativa a ese modelo hegemónico que incorpore la perspectiva de género. Un modelo de masculinidad capaz de mostrarnos nuevos, y diversos, modelos de paternidades, con perspectiva igualitaria.

La apuesta por el cuidado es un factor indispensable para la construcción de una sociedad más igualitaria. Implicarnos como hombres en el cuidado es, ir mucho más allá de aspectos como la paternidad. Es construir la masculinidad desde las relaciones en equilibrio y vivir la crianza de nuestros hijos e hijas, y el cuidado como espacios propios. No como terreno en el que los hombres somos meros invitados o en el que las mujeres nos indican y nos dicen cómo hay que hacer las cosas, sino que todos y todas somos ciudadanos de pleno derecho dentro del hogar y en la implicación con otras personas.  Este es el verdadero reto de los padres igualitarios ante el desafío de la igualdad de género. Este es el verdadero desafío de los hombres igualitarios.

 A modo de conclusión.

Nos encontramos ante una crisis de la identidad masculina tradicional y con ella, el resurgir de nuevos modelos de masculinidades desde la perspectiva de género. Fruto de este largo proceso de aculturación, es necesario considerar que las consecuencias del machismo, y el de haber sido socializados en una sociedad de estructura heteropatriarcal, en los propios hombres, supone un largo proceso de contradicciones, tensión y malestar ante maneras disidentes de entender la masculinidad.

Ante este nuevo escenario, el reto de la conciliación corresponsable, la deconstrucción de la identidad masculina y el surgimiento de grupos de hombres igualitarios son vías necesarias para seguir construyendo el camino hacia la igualdad real entre hombres y mujeres. Vías cada vez más necesarias para construir un nuevo modelo de masculinidad alejada de los contravalores de la masculinidad hegemónica tradicional. Ante esta realidad, la paternidad y sus diferentes modelos deben de asumir el reto del compromiso en clara perspectiva de género con la finalidad de entender la responsabilidad que los padres tenemos para con las futuras generaciones.

En este momento, los hombres, y frente a la cuarta ola feminista, tenemos bajo nuestra responsabilidad la posibilidad de rebelarnos contra el orden o mandato de género masculino y dejar de sustentar el sistema patriarcal, basado en la desigualdad entre mujeres y hombres. Ser hombre feminista, hombre igualitario, supone la posibilidad de "democratizar la vida doméstica" sobre la que edificar en el día a día la verdadera igualdad.

 

 Israel López Marín

 

Bibliografía

 

-Ballester Pastor, María Amparo (2019). El RDL 6/2019 para la garantía de la igualdad de trato y de oportunidades entre mujeres y hombres en el empleo y la ocupación: dios y el diablo en la tierra del sol. TEMAS LABORALES, núm. 146/2019. Págs. 13-14.

-Martínez Guirao, Javier Eloy y Anastasia Téllez Infantes (2016) “El efecto de la crisis y el desempleo desde una perspectiva de género” en Rev. Cuestiones de género: de la igualdad y la diferencia. No. 11, 2016, págs. 351-372.

-Salguero, María Alejandra (2019). Aprendizajes de género, masculinidad y paternidad en hombres de la Ciudad de México. Género y Salud en Cifras, Vol. 17, número 2, mayo-agosto del 2019. Comité Editorial.

-Salguero, M.A., Yoseff, J.J., Soriano, M., y Delabra, B. (2019). Presencias y ausencias paternas: la experiencia de hombres en Ciudad de México. ENCRUCIJADAS. Revista Crítica de Ciencias Sociales. Vol. 18, 2019, pág. 1-21a1804; ISSN 2174-6753.

-Subirats Martori, Marina (2020). “El género masculino, entre la obsolescencia y la impostación” pps. 19-34 en Téllez Infantes, Anastasia; Martínez Guirao, Javier Eloy y Sanfélix Albelda, Joan (2020) (Eds.) Hombres, género y patriarcado: Reflexiones, cuerpos y representaciones. Madrid: Editorial Dykinson. ISBN: 978-84-1377-243-1, 164 pps.

- Téllez Infantes, Anastasia (2019) “Masculinidad, identidad y trabajo: ¿democratizamos la vida doméstica en términos de igualdad”? pps. 131-150 en Martínez Guirao, Javier Eloy; Téllez Infantes, Anastasia; y Sanfélix Albelda, Joan (Eds.) (2019) DECONSTRUYENDO LA MASCULINIDAD. CULTURA, GÉNERO E IDENTIDAD. Editorial Tirant Lo Blanch. I.S.B.N: 978-84-17706-29-6.



[1] Salguero, M.A., Yoseff, J.J., Soriano, M., y Delabra, B. (2019). Presencias y ausencias paternas: la experiencia de hombres en Ciudad de México. ENCRUCIJADAS. Revista Crítica de Ciencias Sociales. Vol. 18, 2019, pág. 1-21a1804; ISSN 2174-6753.

[2] Salazar Benítez; O. (2012), “Otras masculinidades posibles. Hacia una masculinidad diferente y diferenciada”. Recerca. 2012.12.6. pp. 87-112.

[3] Salguero, M.A., Yoseff, J.J., Soriano, M., y Delabra, B. (2019). Presencias y ausencias paternas: la experiencia de hombres en Ciudad de México. ENCRUCIJADAS. Revista Crítica de Ciencias Sociales. Vol. 18, 2019, pág. 1-21a1804; ISSN 2174-6753.

[4] Salguero, María Alejandra (2019). Aprendizajes de género, masculinidad y paternidad en hombres de la Ciudad de México. Género y Salud en Cifras, Vol. 17, número 2, mayo-agosto del 2019. Comité Editorial.

[5] -Subirats Martori, Marina (2020). “El género masculino, entre la obsolescencia y la impostación” pps. 19-34 en Téllez Infantes, Anastasia; Martínez Guirao, Javier Eloy y Sanfélix Albelda, Joan (2020) (Eds.) Hombres, género y patriarcado: Reflexiones, cuerpos y representaciones. Madrid: Editorial Dykinson. ISBN: 978-84-1377-243-1, 164 pps.

[6] -Salazar Benítez; O. (2018), “El hombre que no deberíamos ser”. Barcelona. Planeta.

[7]  Salguero, María Alejandra (2019). Aprendizajes de género, masculinidad y paternidad en hombres de la Ciudad de México. Género y Salud en Cifras, Vol. 17, número 2, mayo-agosto del 2019. Comité Editorial.

[8] Martínez Guirao, Javier Eloy y Anastasia Téllez Infantes (2016) “El efecto de la crisis y el desempleo desde una perspectiva de género” en Rev. Cuestiones de género: de la igualdad y la diferencia. No. 11, 2016, págs. 351-372, I.S.S.N.: 1699-597X, e-ISSN: 2444-0221.

[9] Téllez Infantes, Anastasia (2019) “Masculinidad, identidad y trabajo: ¿democratizamos la vida doméstica en términos de igualdad”? pps. 131-150 en Martínez Guirao, Javier Eloy; Téllez Infantes, Anastasia; y Sanfélix Albelda, Joan (Eds.) (2019) DECONSTRUYENDO LA MASCULINIDAD. CULTURA, GÉNERO E IDENTIDAD. Editorial Tirant Lo Blanch. I.S.B.N: 978-84-17706-29-6.

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